Play list to die II

Cuando llega el otoño, o la primavera, pienso en esta canción más que en el resto del año y me da por canturrearla repetidamente. Lógicamente, desde la perspectiva brasileña, está pensada para el otoño austral, que empieza en marzo. Pero en realidad se puede escuchar durante todo el año, pues transmite la gracia y el goce de la música de Brasil, incluso en un entierro. Aguas de março, cantada por Ellis Regina, una gran voz en un país que es un patrimonio musical de la humanidad, es siempre una bonita versión pero seguro que la habréis oído cantar por decenas de intérpretes. Pero, aunque soporta incluso mis interpretaciones matutinas, siempre suena mejor en una versión así.

Está dará un toque sensual a mi despedida. Bien.

(Está entrada la tenía prevista para marzo pero entre unas cosas y otras, ….)

Lecciones de Política I

 

[...] Puesto que no podía evitar ser el emperador, agradeció a los jóvenes su milagro, en nombre del Imperio y, obligado a ello por su oficio y por las actuales desazones con él vinculados, los sometió a un interrogatorio relativo a la ciencia de Dios y de sus atributos. Los pobrecitos nada sabían de tales cosas. Teodosio estaba habituado, por su trato constante con monjes calígrafos y con profesores de la Universidad de Constantinopla, al desmenuzamiento de esos temas peliagudos, causa de heterodoxias y de concilios, de destierros y de revoluciones, así que con la mayor naturalidad, por ser un asunto que en su entorno se examinaba continuamente, les preguntó si a su juicio existía una independencia absoluta de la naturaleza humana de Cristo, tanto antes como después de su unión con su naturaleza divina, o si existía una preponderancia de la divina sobre la humana, hasta el punto de terminar por absorberla, de lo que cabe deducir que la sustancia de Cristo es divina solamente. Los muchachos lo escucharon sin entender ni una jota del arduo problema, se observaron entre sí y, como de común acuerdo, se elevaron las diestras saludadoras, a semajanza del san Gabriel de la Galería de los Uffizzi, y se redujeron a un tiempo a siete montoncityos de ceniza: fue cuanto subsistió de los cuerpos armoniosos de Iámblico, Maximiano, Marciano, Constantino, Dionisio, Serapio y Juan que a los doscientos años sólo representaban dieciséis: siete montoncitos de aromática ceniza y algunas migas de la hogaza del panadero.

-¡Milagro, milagro!- clamaron la corte, los efesios y sobre todo Adolfo, dueño de la caverna y de sus alrededores. El emperador Teodosio se hincó sobre las pedrerías de su túnica, y los siete ángeles de la guarda emprendieron vuelo, raudos; cada uno transportaba lo que parecía ser una pequeña lámpara encendida, y yo inferí que eran las almas de mis siete queridos dormilones (me alegró notar que Amable, que llevaba la lámpara de Iámblico, también llevaba la de Qitmir).

Entonces el Basileus besó el suelo; irguió su mediana estatura en el exceso de su lujo y más que nunca se hubiera dicho que había sido confeccionado con mosaicos aéreos y multicolores:

-¡Milagro, milagro! -proclamó-. ¡He ahí el tesoro! Traed siete vasos de alabastro y poned en ellos las bienaventuradas cenizas. Recoged las reliquias restantes, para las cuales mandaré laborar un arca cubierta con las gemas más ricas del Palacio Sacro. Hoy, 27 de julio, nos proponemos obtener que la Iglesia celebre la festividad de los Siete Durmientes de Éfeso.

Manuel Mújica  Láinez
El Escarabajo
Editorial BELACQVA


Lecciones de economía II

En la búsqueda de pequeñas soluciones en tiempos de tribulaciones, a veces recordamos cosas sencillas como este cuento jasídico que leí hace tiempo. No es, aunque lo parezca, un cuento con moraleja. Más bien es un relato con recordatorio, exento de moral. Tan sólo nos hace pensar ena lo que cada uno puede atesorar.

Una noche, mientras dormía, el piadoso y fiel rabí Eisik, de Cracovia, tuvo un sueño; el sueño le ordenaba que se dirigiese a Praga, la lejana capital bohemía, donde descubriría un tesoro oculto, enterrado bajo el principal puente que conducía al castillo de los reyes bohemios. El rabino se sorprendió, pero dejó el viaje para más tarde. Sin embargo, se repitió el sueño otras dos veces. Tras la tercera llamada, lió los bártulos valerosamente y se puso en camino.
Al llegar a Praga, el rabí Eisik se encontró con que había centinelas en el puente, y que lo custodiaban día y noche; así que no se atrevió a cavar. Se limitó a ir cada mañana a merodear por el lugar hasta el anochecer, mirando el puente, observando a los centinelas y estudiando discretamente la albañilería y el suelo. Por último el capitán de la guardia, extrañado ante la persistencia de este anciano, se acercó a él y le preguntó cortésmente si había perdido algo, o quizá esperaba la llegada de alguien. El rabí Eisik le contó con sencillez y confianza el sueño que había tenido. El oficial se echó hacia atrás con una carcajada.
-¡Mi pobre amigo! ¿De verdad? -dijo el capitán-. ¿Y has gastado tu calzado viniendo hasta aquí por un sueño? ¿Quién en sus cabales creería en un sueño? Pues te voy a decir una cosa: si yo creyese en  los sueños, ahora mismo estaría haciendo exactemente al revés. Habría hecho la misma peregrinación que tú, sólo que en la dirección contraria, aunque sin duda con el mismo resultado. Deja que te cuente mi sueño.
Era un oficial amable a pesar de sus fieros bigotes, y el rabino sintió simpatía hacia él.
-He soñado -dijo el oficial de la guardia, bohemio, cristiano- que una voz me hablaba de Cracovia, y me ordenaba que fuese allí y buscara un gran tesoro que había en casa de un rabino judío llamado Eisik, hijo de Jekel; que encontraría el tesoro enterrado en un sucio rincón detrás de la estufa. ¡Eisik, hijo de Jekel! -volvió a reír el capitán con los ojos chispeantes-. Imagínate: ¡ir a Cracovia…. y ponerme a derribar las paredes de todas las casas del ghetto: porque la mitad de los hombres se llamarán sin duda Eisik y la otra mitad Jekel! ¡Eisik, hijo de Jakel, nada menos! -y siguió riéndose de esta broma maravillosa.
El modesto rabino escuchó con atención; luego, tras una profunda inclinación, y dar las gracias a su desconocido amigo, emprendió a toda prisa el largo regreso a su casa, cavó en el rincón abandonado de la estufa, y encontró un tesoro que puso fin a su miseria. Y con una parte del dinero, erigió una casa de oración que aún hoy lleva su nombre.

El cuento está recogido en el libro Mitos y símbolos de la India, de Heinrich Zimmer, publicado en España por la Editorial Siruela.


Play list to die I. Nina Simone

Me imagino mi funeral-despedida al aire libre, en la ladera de un monte, con buena vista, con un grupo reducido de personas que me aprecian en vida hablando de sus cosas mientras apuran una copa tras otra. Mis cenizas en una bandeja, aventándose y confundiéndose con todo poco a poco, y de fondo sonando una canción tras otra, que seguramente resultarán familiares a los presentes. Poco a poco se quedará el sitio vacío de gente, y yo pasaré como mucho a formar parte de la pequeña historia (recuerdo) de ellos, espero.

Una de las canciones que debería sonar es la que incluyo al final de esta entrada, y con la que me identifico plenamente, parece como si la hubiera escrito para mi. Siempre que la escucho repaso mentalmente la cantidad de cosas que afirma no tener y compruebo con cierto temor que la lista de coincidencias es cada vez mayor, y me digo: mira igual que yo. Pero me gusta la mezcla de rabia y optimismo del final, y sobre todo la conjunción de sencillez formal y plenitud en el resultado.

Además de ser un temazo, la puesta en escena en este concierto expresa de forma nítida el talento de esta mujer. Es una pequeña obra de arte. Todo rebosa buen gusto: su peinado, su vestido, los pendientes, su actitud; además el decorado, y hasta los músicos que le acompañan. Si a eso se le suma su voz, tremenda, y su forma de tocar el piano…..

En resumen, esta canción parece como si hablara de mí. La quiero en mi funeral.


Lecciones de economía I

Vaya por delante que no soy economista, y que no soy yo quien da lecciones de economía. En realidad soy quien las recibe, y según las encuentro aquí y allá, en sitios alejados de donde esta disciplina, actividad o como demonios quiera llamarse, teóricamente debería ejercerse o pensarse, las iré incluyendo en este espacio.

La primera la recuperé no hace mucho, releyendo un artículo sobre un aristócrata alemán del XIX, Hermann von Pückler-Muskau, príncipe de entonces y personaje muy acorde a su época. Entre otras cosas dijo:

“Also ist das Schöne eigentlich unter der nützlichen Dingen das Nützlichste” que en español quiere decir algo como “Así, es la belleza, entre las cosas útiles, la más útil de todas”.

No negaréis que como principio de economía no está mal. Este hombre dedicó también parte de su tiempo al paisajismo, tanto teórico como práctico. Creó el Parque Muskau, que además de ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, ocupa en la actualidad territorio de dos países, Alemania y Polonia, por lo que  podríamos considerarlo incluso como símbolo de lo que deberían ser los nuevos tiempos.

Y no digo más de él, aunque invito a indagar. Lo que nos interesa es su Lección de Economía, y que hago (hice) mía.

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Declaración de principios


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Traten otros del gobierno

del mundo y sus monarquías,

mientras gobiernan mis días

mantequillas y pan tierno,

y las mañanas de invierno

naranjada y agua ardiente,

y ríase la gente.

Como en dorada vajilla

el príncipe mil cuidados,

como píldoras dorados;

que yo en mi mesilla

quiero más una morcilla

que en el asador reviente,

y ríase la gente.

Cuando cubra las montañas

de blanca nieve el enero,

tenga yo lleno el brasero

de bellotas y castañas,

y quien las dulces patrañas

del rey que rabió me cuente,

y ríase la gente.

Busque muy en hora buena

el mercader nuevos soles;

yo conchas y caracoles

entre la menuda arena

escuchando a Filomena

sobre el chopo de la fuente,

y ríase la gente.

Pase a media noche el mar

y arda en amorosa llama

Leandro por ver su dama;

que yo más quiero pasar

del golfo de mi lagar

la blanca  o roja corriente,

y ríase la gente.

Pues Amor es tan cruel,

que de Píramo y su amada

hace tálamo una espada

do se juntan ella y él,

sea mi Tisbe un pastel,

y la espada sea mi diente,

y ríase la gente.

Luis de Góngora


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